martes, 4 de abril de 2017

Autoexilio, Venezuela y migajas




He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura,
hambrientas, histéricas, desnudas.
–Allen Ginsberg, El aullido–

Ángel, acuarela sobre papel, 2012
Esta mañana me desperté con ese poema de Ginsberg en la cabeza. Miraba hacia atrás buscando a mis pares y lo vi allí entre las frases que, como un río de Bourbon, salían de la pluma del poeta beat.

Que fueron expulsados de la academia, decía. Y yo pensaba en esa mente magnífica que he conocido tratando de sobrevivir dentro de unas paredes que encorsetaban sus  inquietudes. Ese par que se desfogaba con la cerveza en la mano y con el que se podía, entonces sí y sólo así, hablar de cualquier cosa sin pudor. 

Hoy es un día trágico. Los poderes fácticos, los reales, los que no tienen que ver con el amor a la sabiduría -cosa que me atañe por definición-, esos poderes de amenaza de muerte van deshaciendo poco a poco lo que a muchas generaciones les tomó tanto tiempo construir. La casa que ahuyenta las sombras finalmente ha cedido a las sombras y por suerte o por desgracia ya tú no estás allí.  Pero si tú no estás, si yo no estoy, ¿quién queda? ¿los que apagaron la luz? 

El dolor me come cuando pienso que somos esa primera generación de profesionales, esa por la que nuestras familias hicieron numerosos sacrificios, una generación de gente hecha a si misma –el famoso self made man americano. Una generación más al estilo de Páez que de Bolívar, un batallón perdido de conversadores platónicos, dice Ginsberg. Todos hicimos nuestros deberes y pensamos que la mejor forma de pagar lo que nuestros padres y nuestro país nos había dado era formar ciudadanos libres, críticos, pensantes. Pensamos –y lo hicimos– en atrevernos a pensar sin importar las consecuencias y aquí nos tienes en el autoexilio, solos y desmembrados mientras intentamos encontrar un suelo fértil en el cual florecer. Y fuera, en ese mundo que desconfía de nosotros no se imaginan que somos aquellos que hablaron setenta horas sin parar, como si Ginsberg nos hubiera escuchado.

Mi país se va esfumando, cada vez que leo lo que sucede, una herida profunda vuelve a sangrar. Sangro recuerdos pero también conocimiento, sangro filosofía y lecturas, poemas, pintura. Sangro amores perdidos. Sangro paisajes y colores. Sangro esperanza.

Hoy no tengo consuelo. Hoy entiendo a los intelectuales que nos llegaron desde las dictaduras argentinas, chilenas y españolas. Hoy recuerdo cómo los recibimos esos jóvenes curiosos y morenos, quemados y besados por el sol del Caribe con tanta pasión por delante y con ganas de saber. Hoy supongo que sólo así mitigamos el dolor de aquellos que vinieron a refugiarse en aquel país pacífico y curioso llamado Venezuela. Esos maestros que tuve encontraron allí el descanso del navegante y algunos una segunda patria. Esas hermosas universidades con sus inmensos verdes llenos de vida, de risa, de camaradería a ritmo de salsa, abrieron sus puertas para ellos.

Pero, hoy a ti y a mí nos toca ir en busca de alguno que confíe en aquel viejo trueque en el que yo vengo aquí a devolver lo que el maestro extranjero me dio: su saber y su amor por el conocimiento, y su autoexilio que yo compensé con agradecimiento.

Y sigamos con Ginsberg, amigo,  no olvidemos que todo hombre es un ángel.

miércoles, 8 de marzo de 2017

¿Ocho de Marzo?


Postfotografía: Rayda Guzmán

 

Se debería tener menos curiosidad por las personas y más curiosidad por las ideas.

Marie Curie


Cada ocho de marzo celebran el día de la mujer trabajadora, demás está decir que me parece una fecha estúpida. Si me pongo un poco tiquismiquis es porque me pregunto si acaso el uno de mayo es sólo para hombres. Alguno dirá que este último es una jornada reivindicativa y otro me dirá que la segunda es… ¡lo mismo pero para las mujeres! Y ya me parece raro, yo no necesito que aíslen la injusticia por haber nacido de un género biológico determinado, porque la injusticia –como la justicia– es igual para todos.

Si vemos las tasas de desempleo en España, el año pasado el desempleo femenino ostentaba un 21% mientras el masculino un 18%, hay una diferencia de casi un millón de personas. En cuanto a la remuneración las mujeres ingresan un 13% menos que los hombres. Estos datos, que son tomados de un diario y no los he estudiado ni cotejado a fondo –tanto da– explican lo que quiero decir. Creo que días como estos son una vergüenza porque denotan de manera clarísima las injusticias que seguimos padeciendo por cuestión de género, raza o religión. Y yo no sé si celebrándolo o haciéndolo una jornada reivindicativa se logra algo porque en el fondo sospecho que estamos entrando en el mismo juego perverso.

Desde una perspectiva histórica, el trabajo siempre ha sido mal visto. La religión cristiana, por ejemplo, reproduce su visión esclavista, probablemente nutrida por la Roma y la Grecia clásicas, y lo presenta como un castigo de Dios. Ya en Grecia el trabajo era un castigo de los dioses como en el famoso caso de Sísifo. El único de los dioses que trabajaba era Hefestos y si lo vemos detenidamente Hefestos es un ser contrahecho y sudoroso. Un dios repudiado que vive en las entrañas de la tierra.

Lo que quiero decir es que la idea de que el trabajo dignifica al hombre es de origen protestante y fue conceptualizada por Max Weber apoyándose en la tesis calvinista de la predestinación a la gracia que se mostraba a través del trabajo y la frugalidad. Todo esto es magnífico hasta que aparece el capitalismo, pues como ya no se puede obligar a trabajar, fustigando o amenazando, se incita a la venta de la única cosa que tiene el hombre libre para intercambiar que es su fuerza de trabajo.

Dicho esto hay algo que no funciona en esta idea, y no funciona para hombres ni para mujeres. No funciona socialmente. ¿Por qué? Porque el trabajo no satisface. Satisface la profesión, la vocación pero no lo que la obstaculiza que suele ser casi el 90% de lo que se debe hacer, es decir, obstáculos administrativos y logísticos. Un profesor, una médica, un cocinero, una intelectual debe dedicar horas valiosas a resolver problemillas de protocolo, cumplir con las normativas, atender reuniones, responder correos, organizar su trabajo on line y un largo etcétera. Eso hace que el trabajo vaya desconectándose cada vez más de la vida. Éste es el problema.

Ahora que me explico con más claridad se ve porqué no es un asunto de género lo que debe preocuparnos si no el hecho cultural del trabajo. La remuneración inferior por género o la discriminación no tienen que ver con el trabajo, ése es otro de los ámbitos en los que se traducen las relaciones de poder representadas por el antiguo esquema del más poderoso sobre el menos poderoso. Culturalmente el patrón fuerte ha prevalecido sobre el débil, y simbólicamente a la fragilidad le ha sido otorgada un carácter femenino, probablemente porque la biología así lo sugirió, eso lo podemos imaginar.

Entonces, hoy ocho de marzo día de la mujer trabajadora yo me pregunto de qué somos cómplices, ¿qué modelo social estaremos perpetuando a través de esta reivindicación concretamente? Y añado a mis dudas: ¿cuándo se celebra el día del trabajador inmigrante (que es diferente al de la trabajadora inmigrante), o el del prejubilado, el de las abuelas cuidadoras o las mujeres multifunciones, el de los hombres sin ilusión, el de los inocentes que creen en la fuerza del trabajo, el de los corruptos que no trabajan y el día del trabajo improductivo y sin fin que es el trabajo del alma y del espíritu que se sublima? ¿Para qué fechas dejaremos todo esto?

lunes, 20 de febrero de 2017

Acoger o mi casa es tu casa.




“ Cuanto se puede afirmar es que lo novedoso se torna fácilmente espantoso y siniestro; pero sólo algunas cosas novedosas son espantosas; de ningún modo lo son todas. Es menester que a lo nuevo y desacostumbrado se agregue algo para convertirlo en siniestro. “
S. Freud, Lo siniestro.





Cuando veo las imágenes de los refugiados algo por dentro se me descompone. Pero, visto a través del plasma este incidente  requiere de una respuesta  adaptada a nuestras particulares circunstancias vitales. 

Las catástrofes humanitarias se han sucedido a lo largo de la historia, desplazados por todos los continentes  a causa de  todas las guerras y hambrunas han dado vida a miles de personas que somos fruto del mestizaje más increíble. Y visto así, no cabría siquiera sentarse a escribir sobre el asunto. En otras épocas la cosa habría sido tan natural como cruel. A América llegaron muchísimos inmigrantes provenientes de Europa obligados por  la primera y la segunda guerra mundial,  la guerra civil española, el conflicto del Sahara, el hambre, la miseria, el miedo a perder la vida. Y las sociedades respondían como se ha respondido siempre: con rechazo. Nadie quiere ser molestado en su casa ni siquiera por los invitados. En América el forastero también era discriminado por blanco, por incomprensible. Al final muchos se adaptaron al nuevo medio, aprendieron las costumbres de las gentes o hicieron sus ghettos, tanto da. Lo que si es cierto, que aunque generosos, ninguno quería al rarito en casa.

Me explico, la sociedad que hasta hace poco rechazaba a los recién llegados, ahora ¿esa misma sociedad los quiere acoger?  ¿y esto cómo se hace? Yo sé cómo, se nos obligará a sacar nuestros mejores sentimientos a la superficie y a gritar a viva voz que estamos dispuestos, ¿a qué?  Estamos dispuestos a manifestarnos, a dar dinero por la causa, a ser voluntarios para atender a quien lo necesite. Pero, ¿estamos dispuestos a tratarlos con absoluta normalidad, a acogerlos de verdad? ¿Les daremos trabajo, toleraremos sus costumbres, no les pediremos papeles de normalización y largas colas para ser como uno de los nuestros y en medio del trámite se sientan más discriminados si cabe?  Y mientras nos esforzamos en hacerlo bien, ¿qué les diremos a nuestros ya discriminados inmigrantes a quienes sólo les damos trabajos de tercera, a aquellos a quienes les exigimos hasta el agotamiento homologar sus títulos y conocimientos y cuya educación y costumbres despreciamos a fin de proteger a los nuestros? ¿Cómo trataremos a nuestros propios jóvenes y prejubilados desempleados a quienes sólo le ofrecemos las migajas de una jornada y sobreexplotamos con  la excusa de que eso es lo mejor que les podemos dar? ¿Y qué les diremos a los ancianos, los dependientes, los desempleados, las víctimas de los recortes sociales de todo tipo?

Les diremos que no se preocupen, que para quedar bien les traemos a estos refugiados y así lavaremos nuestras conciencias porque vosotros ya no nos importáis. Ayudaos no da rédito social, no nos hace ser mejor sociedad, porque vosotros en verdad sois un lastre para nuestra generosidad, ¡Os habéis acostumbrado a nuestra tolerancia!

Y aunque suene feo y antipático, esto es lo que hay. Cabe pensar en soluciones, cabe redimensionar nuestra generosidad y atender con responsabilidad lo que nos toca.

Hace unos días vi uno de los campos de refugiados en Hamburgo. Estaba en medio de un descampado, en la zona de la HafenCity. Desde allí se veía el edificio de la Filarmónica. Alrededor se construyen edificios de alto standing. No pasa ningún tipo de trasporte, no está urbanizado, sólo las calles, no hay aceras. Ese día hacía frío y viento. Una figura masculina desdibujada vestida a la usanza musulmana caminaba por aquel descampado con un niño y todo estaba tan lejos que no sabría decir si iban o venían.

Y pensé: queremos acogerte pero lejos de nosotros, que no nos molestes y no te quejes. Queremos acogerte pero sospechamos de ti. Te hemos hecho unos bonitos contenedores de colorines rodeados por una hermosa reja para protegerte de los nuestros. Queremos que estés a salvo pero que no estés cómodo.

Umheimlich es el término en alemán para designar lo no familiar, lo extraño que nos asusta. Quizá todo esto es demasiado umheimlich para dejarlo pasar... extraño, irónico y desalmado. Y a mí me asusta esta oscura generosidad.

lunes, 12 de diciembre de 2016

La felicidad y prudencia




Cuando soy feliz, nada me importa
¿Si nada me importa, cómo sé que soy feliz?

R.Guzmán
Señal, 16x24, monotipia s/papel

 Conozco a mucha gente que no soporta la navidad pero al mismo tiempo conozco a mucha gente a quienes les encanta. Es difícil tomar partido porque se trataría de estar, o en el bando de los aguafiestas o en el bando de los festivos. Y cabe la posibilidad de que algunos, como es mi caso, no nos sintamos ni en un bando ni en otro porque sencillamente no nos gustan los bandos.

Escribir sobre este asunto en plena efervescencia navideña resulta un tanto incómodo, porque las reflexiones aleccionadoras también acaban hartándonos: cambiemos los valores de la navidad, seamos mejores personas, no vivamos sólo lo material y a la vez no olvide comprar su regalo, ni salir a la calle para participar en las diversas manifestaciones comerciales-tradicionales.

Particularmente me sucede que la navidad tiene un efecto nostalgizante para mí. Recuerdo siempre recuerdos que nunca he vivido y quiero lo que nunca he tenido. Lo que he tenido siempre ha sido un poco pálido ante lo que debería haber tenido. Pero, reflexionando sobre todo esto me encuentro en medio de aquello que molesta a muchos sobre la sobreexplotación de los sentimientos navideños: la carrera frustrante y cansina de dar color a unos recuerdos y unas situaciones que nunca fueron. Eso es lo que justifica que muchos no quieran ni siquiera oír hablar de la navidad y que actúen como unos verdaderos aguafiestas si acaso alguno muestra un poco de ilusión mientras trata de dar color a sus recuerdos valiosos que si ameritan ser actualizados. 

Por otro lado, hay quienes viven y sienten que la navidad es felicidad a tutti pleni, lo cual también es un exceso. No quiero insistir en lo importante de los sentimientos, del compartir, de pensar por un rato hasta qué punto puede resultar hiriente para muchos tanta felicidad ajena y no compartida. Porque sin querer estos adictos a la navidad entran en competencia entre ellos: quien puede reunir más familia, más adornos, más felicitaciones, ése gana.

Y así se me pasa la navidad pensando en lo que es y no es, y no sintiéndome cómoda con ninguna de las dos opciones: hay días en que tengo nostalgia por lo que nunca tuve y otros en los que quiero celebrar a tope no sé qué. Sin embargo, mi talante reflexivo me obliga a detenerme siempre ante las encrucijadas y busco ese término medio tan aristotélico que me haga entender lo que está pasando aquí.

Por una parte, la navidad coincide con el final del año, un ciclo vital coincidente con el invierno y eso es lo que provoca la necesidad de una celebración: recogemos nuestras cosechas, corregimos nuestros errores y sentimos necesidad de reparar los daños, si cabe, y de celebrar los éxitos. Es lógico entonces pensar que necesitemos de un ritual para ello: colgaremos nuestras armas y escudos en los altos abetos para decirle a los demás que no estamos para batallas, que no queremos otra cosa que disfrutar de aquello que hemos conseguido. Por otra parte, hay que tener en cuenta que la sobreproduccón de muestras de buenos deseos y cariño puede acarrear una devaluación de los mismos. Para evitarlo, intentemos que éstas no sólo aparezcan en navidad, aunque si lo hacen es importante saber que el receptor siempre te agradecerá que te acuerdes de él aunque sea una sola vez al año.

Dicho esto, vale la pena volver sobre una de las virtudes clásicas más alabadas: la ‘frónesis’, es decir, la prudencia. Por eso, conductor, intenta ser prudente al volante de la felicidad.


martes, 22 de noviembre de 2016

El arte mueve, conmueve, emociona, impresiona, suscita…






 “Ese instinto de la libertad, vuelto latente a la fuerza –ya lo hemos comprendido-,
ese instinto de libertad reprimido, retirado, encarcelado en lo interior y que acaba
 por descargarse y desahogarse tan sólo contra sí mismo: eso, sólo eso es, en su inicio,
la mala conciencia".
Friedrich Nietzsche, La Genealogía de la moral


 Claude Monet, 1840–1926, Lirios de Agua, (1916) óleo sobre tela, 2007 x 4267 mm

Estaba frente a una hermosa obra de Monet, Lirios de Agua (1916). Hace unos dos metros por cuatro, y es absolutamente grande, fresca, casi expresionista. Tiene un aire triste por esos grises, verdes, azules. Relaja la delicadeza de sus colores y la imprecisión del trazo que se deslíe… se mezcla… provoca.
Creo que las palabras jamás le hacen justicia a lo que conmueve: esa cosa indescriptible que llega profundamente al interior de la mente y la memoria y hace saltar las lágrimas sin que se pueda hacer nada para evitarlo.

Y es que alguna vez leí que había una cosa que daba ventaja a la pintura sobre las palabras, es que con estas últimas podemos mentir pero con la pintura no. Evidentemente se refería a la retórica inútil y a la manipulación por la vía del lenguaje: falacias, razonamientos erróneos, conceptos imprecisos y un largo etcétera que se confunde con la mentira, la falsedad, la mala intención. Entonces un cuadro no miente, concluí lógicamente y cuando me veo frente a ese Monet en la Tate Modern, pienso que efectivamente es así: una sonrisa de satisfacción unida a una complicidad milenaria hace que ese artista y yo nos comuniquemos y nos identifiquemos con alguno anterior que provocó lo mismo en Monet y otro que antes de ese hubiera hecho lo mismo, así hasta llegar al más antiguo de todos, a la más antigua de todas la experiencias.

Siguiendo la invitación de Monet, tomé una foto y se la envié a una amiga que también pinta, sabía que con ella no serían necesarias las palabras. Inmediatamente me respondió: ¿Cuando ves esas obras tan hermosas y vibrantes no sientes ganas de llorar? Y yo le respondí que eso se llamaba conmoción. Me he quedado pensando sobre mi respuesta: conmoverse, moverse con, moverse y ser movido por el otro, por lo otro. Aceptamos en ese momento que el movimiento no es uno que nosotros provocamos sino que nos dejamos llevar de buen grado, pero, ¿y por qué las lágrimas? Porque nuestros afectos son movidos a un lugar al que ellos no estaban dirigidos en ese momento. Así es como nos mueven las cosas buenas y las malas, las feas y las bellas.

Quizá se trate de encontrar un vínculo entre la verdad y la mentira, o lo verdadero y lo falso, acaso entre lo cierto y lo incierto que hay detrás de las experiencias humanas. Pero como no soy partidaria de tomar partido por una cosa y descartar la otra, el conflicto entre la palabra y la pintura  no se puede resolver por la vía del ataque a la retórica que manipula, porque en la pintura también existe: habrá obras impostadas, producidas por unas necesidades diferentes a continuar con ese diálogo milenario que está compuesto por infinitas conversaciones en las que cada artista dialoga como sabe y puede. Tanto la palabra como la pintura conmueven si son legítimas y eso que las legitima va más allá de los binomios clásicos que hablan de verdad-falsedad, mentira, incerteza.

Los seres humanos sólo somos capaces de expresar nuestras visiones de mundo que pueden ser más o menos acertadas. Sólo la mala conciencia magistralmente descrita por Nietzsche es capaz de producir expresiones inhumanas, pues se trata de mentir con la expresa conciencia de mentir a sabiendas de nuestra capacidad de hacer daño con esa mentira. Con la palabra se llama insultar con la pintura, despreciar.
Por ello cada vez que nos conmueve una obra humana, pensamos que estamos delante de la más grande de todas las verdades si se ha hecho sin interés alguno de influenciar, de adoctrinar, sino sólo por el placer de continuar un diálogo, poniendo en juego la palabra humana como si se tratara de un vaivén de intenciones y sentidos.

Sí, amiga, por eso coincidimos en que se llama conmover.